EL PATÍBULO
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EL PATÍBULO
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La gordofobia empieza muchas veces así, en silencio. En una mirada que se detiene más de la cuenta. En una risa contenida que quien se cree superior. En un comentario “inocente” que se lanza como quien no quiere la cosa, pero coloca a un cuerpo en el centro de la pista. Nadie se declara culpable. Todo el mundo opina.
El patíbulo no necesita verdugos oficiales. Se construye en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en espacios públicos donde ciertos cuerpos —especialmente los de las mujeres— son observados como si siempre estuvieran fuera de lugar. Demasiado grandes. Demasiado visibles. Demasiado presentes. A las mujeres se les exige ocupar poco espacio. A las mujeres gordas, directamente, desaparecer. La violencia estética no es solo una cuestión de gustos o preferencias personales. Es una tecnología social de control que atraviesa el género, la clase y la edad, y decide qué cuerpos merecen respeto y cuáles deben ser corregidos, vigilados o ridiculizados.
Aquí el cuerpo no puede defenderse. Aquí no se escucha su historia. Aquí el cuerpo no habla. Es mirado, juzgado y sentenciado. Este es el primer escalón del recorrido.
Y casi nunca se reconoce como violencia. Y sino, mira, escucha y siente las voces de los recursos complementarios. Quién está a punto para aprender, aprende.
Aquí el cuerpo no habla, es mirado. Porque antes de cualquier diagnóstico, antes de cualquier consejo, antes incluso de que alguien diga una palabra, el cuerpo ya ha sido leído. Medido con ojos incisivos. Clasificado.
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